Una vez te pregunté qué más podía hacer yo, pues sentía, como tantas otras veces, que el término "nosotros" estaba llegando a su fin. Porque yo, a pesar de todo lo orgulloso que estoy de mi capacidad de raciocinio, puedo sentir ciertas cosas con bastante claridad. Esta era una de ellas.
Tú me contestaste que los náufragos no construían sus propios faros. Me dejaste con esa cara de estúpido que tanta te gustaba cuando bromeabas conmigo. Pero aquello no era ninguna broma. Aquello era una despedida. Tan definitiva como poética.
Pero yo no lo entendí.
Hasta que no hace mucho, una de esas noches que pasan por mi vida sin pena ni gloria, volvieron tus palabras. Como un eco extraño, difuminado por todo este tiempo. No me llevó más que un instante.
Supongo que no lo leerás, porque nunca te llamó mucho la atención mi faceta de escritor. Y también supongo que mejor tarde que nunca, pero ahora entiendo que quisiste decirme.
Todo el mundo tiene una historia que contar. En mi caso, tengo varias. Unos cuantos relatos, muchos ensayos y alguna que otra novela. Por ello, decidí crear este blog. Quiero compartir contigo ese mundo personal que se encuentra en mi imaginación. Sin más, espero que disfrutes.
martes, 20 de marzo de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
Sky is falling
El cielo está cayendo. Y lo peor de todo es que la gente que quiere ayudarme no puede, porque ese cielo que se desmorona poco a poco no está en otro sitio, sino dentro de mí.
Y yo hago todo lo que puedo para evitarlo, como puedes intuir, pero es un proceso que se me antoja inevitable. Necesito algo que haga crack con todo. Un magistral giro literario en la novela que es mi vida.
Aunque la verdad es que estoy a años-luz de conseguirlo, porque siento que no depende de mí.
¿De quién depende, entonces? Amigo, esa es la pregunta del millón de dólares.
Sólo espero que cuando esto termine, pueda ver lo que se esconde más allá de esa cúpula. Y alcanzarlo.
Y yo hago todo lo que puedo para evitarlo, como puedes intuir, pero es un proceso que se me antoja inevitable. Necesito algo que haga crack con todo. Un magistral giro literario en la novela que es mi vida.
Aunque la verdad es que estoy a años-luz de conseguirlo, porque siento que no depende de mí.
¿De quién depende, entonces? Amigo, esa es la pregunta del millón de dólares.
Sólo espero que cuando esto termine, pueda ver lo que se esconde más allá de esa cúpula. Y alcanzarlo.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Una pregunta, una respuesta
El umbral de tu puerta, desde el que me estás hablando, parece terriblemente lejano. Tus palabras llegan a mis oídos, embotados por todo el ruido diario de mis pensamientos, que me taladran cual martillo neumático.
- ¿Me estás escuchando?
Y la respuesta es no, pero yo asiento levemente con la cabeza.
- Te conozco desde hace suficiente para saber que tú no eres así - Por algún extraño motivo me hablas sin la rabia que cabría esperar de esta conversación. Me hablas con una inusual empatía y cierta... pena. Sí, eso es.
- ¿Crees que me conoces? - Pregunto, y sonrío. No es una sonrisa amable; todo lo contrario.
- Sí - Responde con firmeza. - O por lo menos, conocía a la persona que solías ser.
Esas palabras consiguen atravesar la densa bruma mental que me envuelve últimamente. Mis ojos adquieren ese brillo característico del silencio que precede a la tormenta.
- Eres una sombra de ti mismo - Y pone una delicada mano sobre mi gélida mano, sobre la colcha. Puedo notar su cariño, circulando como una corriente por mi piel: esto es lo que quiere transmitirme. - ¿Qué es lo que te pasa? Vamos, cuéntamelo.
- No me pasa nada - Respondo, y me aparto inconscientemente de ella.
Me pongo en pie, activado por un resorte. Un torrente de emociones me recorren ahora.
- ¿Qué mierda te pasa? - Inquiere lentamente. Le he hecho daño.
- ¡¿Qué mierda te pasa?! - Grita. ¿Cómo se supone que voy a responderte sin romperte?
- No lo sé - Y no puedo ser más sincero en este momento.
- Yo sólo quiero una oportunidad... - Dice. Lo sé, yo también la quiero.
Me marcho sin despedirme. Es más, me marcho sin ni siquiera mirarte, porque sé que ahora mismo esa mirada que me estás profesando puede atravesar esa última defensa que me queda y herirme profundamente.
Son las cuatro y pico de la mañana. Una hora muy cercana últimamente. Dormir no puedo, y me revuelvo dentro de mi cama innumerables veces en la oscuridad. El móvil está apagado, como acostumbro a hacer también desde un tiempo a acá. Mi mano se alarga y tantéa la mesa hasta dar con él.
Doce llamadas no son pocas. Mereces que te devuelva la que puede ser la última. Suena una vez. Suena dos. Suena tres.
Casi pierdo la esperanza cuando lo coges, y con una voz que denota el terrible sueño que tienes me contestas.
- ¿Quieres saber lo que me pasa? - Pregunto, y puedo ver cómo asientes al otro lado de la conexión.
Y, a pesar de las horas y de las preguntas que levantarán esta escapada nocturna mañana por la mañana, insistes en venir a mi casa.
Porque hablar por teléfono no te gusta. Al igual que a mí.
- ¿Me estás escuchando?
Y la respuesta es no, pero yo asiento levemente con la cabeza.
- Te conozco desde hace suficiente para saber que tú no eres así - Por algún extraño motivo me hablas sin la rabia que cabría esperar de esta conversación. Me hablas con una inusual empatía y cierta... pena. Sí, eso es.
- ¿Crees que me conoces? - Pregunto, y sonrío. No es una sonrisa amable; todo lo contrario.
- Sí - Responde con firmeza. - O por lo menos, conocía a la persona que solías ser.
Esas palabras consiguen atravesar la densa bruma mental que me envuelve últimamente. Mis ojos adquieren ese brillo característico del silencio que precede a la tormenta.
- Eres una sombra de ti mismo - Y pone una delicada mano sobre mi gélida mano, sobre la colcha. Puedo notar su cariño, circulando como una corriente por mi piel: esto es lo que quiere transmitirme. - ¿Qué es lo que te pasa? Vamos, cuéntamelo.
- No me pasa nada - Respondo, y me aparto inconscientemente de ella.
Me pongo en pie, activado por un resorte. Un torrente de emociones me recorren ahora.
- ¿Qué mierda te pasa? - Inquiere lentamente. Le he hecho daño.
- ¡¿Qué mierda te pasa?! - Grita. ¿Cómo se supone que voy a responderte sin romperte?
- No lo sé - Y no puedo ser más sincero en este momento.
- Yo sólo quiero una oportunidad... - Dice. Lo sé, yo también la quiero.
Me marcho sin despedirme. Es más, me marcho sin ni siquiera mirarte, porque sé que ahora mismo esa mirada que me estás profesando puede atravesar esa última defensa que me queda y herirme profundamente.
Son las cuatro y pico de la mañana. Una hora muy cercana últimamente. Dormir no puedo, y me revuelvo dentro de mi cama innumerables veces en la oscuridad. El móvil está apagado, como acostumbro a hacer también desde un tiempo a acá. Mi mano se alarga y tantéa la mesa hasta dar con él.
Doce llamadas no son pocas. Mereces que te devuelva la que puede ser la última. Suena una vez. Suena dos. Suena tres.
Casi pierdo la esperanza cuando lo coges, y con una voz que denota el terrible sueño que tienes me contestas.
- ¿Quieres saber lo que me pasa? - Pregunto, y puedo ver cómo asientes al otro lado de la conexión.
Y, a pesar de las horas y de las preguntas que levantarán esta escapada nocturna mañana por la mañana, insistes en venir a mi casa.
Porque hablar por teléfono no te gusta. Al igual que a mí.
sábado, 28 de enero de 2012
Sempiterno
Hoy leí por aquel basto océano que es internet que cuando un artista muere, no lo hace definitivamente, ya que sigue viviendo a través de su obra.
Esas palabras me llegaron. Entonces me dije: Yo quiero alcanzar la inmortalidad del mismo modo.
Pensé que no se me da bien la música. No se me da especialmente bien el deporte, aunque tampoco especialmente mal. No sé bailar ni actuar. Lo único que sé hacer es escribir.
Escribir... ¿Realmente he escrito yo algo lo suficientemente bueno que merezca la pena recordar?
Es duro no encontrar una respuesta a esto, a pesar de que hayan pasado ya unos años desde que empezó esta afición.
Mientras reflexionaba sobre esto último, recordé que, hacía mucho tiempo, había leído también que una persona se define por sus actos.
Así que la cosa está clara: me definiré por mis actos mientras escribo aquello que me haga ser recordado como lo que quiero.
Esas palabras me llegaron. Entonces me dije: Yo quiero alcanzar la inmortalidad del mismo modo.
Pensé que no se me da bien la música. No se me da especialmente bien el deporte, aunque tampoco especialmente mal. No sé bailar ni actuar. Lo único que sé hacer es escribir.
Escribir... ¿Realmente he escrito yo algo lo suficientemente bueno que merezca la pena recordar?
Es duro no encontrar una respuesta a esto, a pesar de que hayan pasado ya unos años desde que empezó esta afición.
Mientras reflexionaba sobre esto último, recordé que, hacía mucho tiempo, había leído también que una persona se define por sus actos.
Así que la cosa está clara: me definiré por mis actos mientras escribo aquello que me haga ser recordado como lo que quiero.
miércoles, 11 de enero de 2012
End
Estoy aquí para hablar sobre un capítulo de mi vida que se acaba. Un capítulo que, aunque yo no quisiera creerlo, siempre supe que sería así: corto, intenso y bonito. Los tres adjetivos con un muy delante.
Así es por avatares del Destino, aquellos en los que no creo como persona, pero sí como escritor. Atrás quedán tres viajes, miles de recuerdos imborrables y una persona especial es un lugar especial dentro de mí. Y no me refiero a ese oscuro cajón en el sitio más alejado de mi mente, sino uno muy cercano a mi pecho.
¿Dolor? Por supuesto. De hecho no he podido escribirlo hasta ahora, pero también una lección para el futuro la cuál prefiero reservarme para mí, si me lo permitís.
Aunque este dolor es temporal; más tarde o más temprano volveré a ser yo mismo y las demás cosas vendrán solas, pues ahora mismo no soy yo...
Y es curioso, pero siempre siempre que sucede esto me asalta un pensamiento que a veces se vuelve casi obsesivo, un guiño de mi amada ciencia-ficción. Jamás lo he compartido con nadie, pero hoy haré una escepción.
"Si pudiera viajar en el tiempo, ¿hasta qué momento exacto regresaría para cambiar esto?"
La respuesta a esta pregunta tan curiosa también me la reservo, aunque tampoco tiene sentido planteársela mucho más. Las cosas son como son, ¿no?
Tan sólo espero que la siguiente entrada que publique sea producto de una (mejor muchas) sonrisa, y no de lágrimas.
Así es por avatares del Destino, aquellos en los que no creo como persona, pero sí como escritor. Atrás quedán tres viajes, miles de recuerdos imborrables y una persona especial es un lugar especial dentro de mí. Y no me refiero a ese oscuro cajón en el sitio más alejado de mi mente, sino uno muy cercano a mi pecho.
¿Dolor? Por supuesto. De hecho no he podido escribirlo hasta ahora, pero también una lección para el futuro la cuál prefiero reservarme para mí, si me lo permitís.
Aunque este dolor es temporal; más tarde o más temprano volveré a ser yo mismo y las demás cosas vendrán solas, pues ahora mismo no soy yo...
Y es curioso, pero siempre siempre que sucede esto me asalta un pensamiento que a veces se vuelve casi obsesivo, un guiño de mi amada ciencia-ficción. Jamás lo he compartido con nadie, pero hoy haré una escepción.
"Si pudiera viajar en el tiempo, ¿hasta qué momento exacto regresaría para cambiar esto?"
La respuesta a esta pregunta tan curiosa también me la reservo, aunque tampoco tiene sentido planteársela mucho más. Las cosas son como son, ¿no?
Tan sólo espero que la siguiente entrada que publique sea producto de una (mejor muchas) sonrisa, y no de lágrimas.
domingo, 25 de diciembre de 2011
Mi invierno particular
"Sabes que escribir es algo necesario para ti cuando ello mismo te ayuda a comprender mejor sobre lo que estás hablando."
Abatido, la vio alejarse por el sendero flanqueado por las primeras nieves caídas. El pequeño erizo se quedó clavado en el sitio hasta que la silueta se perdió en el horizonte, sin mirar ni una vez hacia atrás.
Suspiró y decidió que había llegado la hora de volver a casa, la cual se le antojaba muy lejana. Se puso en marcha a buen ritmo, como queriendo alejarse rápidamente de aquel lugar en cierta forma maldito.
No pasó mucho rato hasta que notó que su propio caparazón le agobiaba como nunca antes lo había hecho. Se concedió un momento de descanso, salió del camino y se sentó a la sombra de un viejo árbol, cuya madera estaba reseca y agrietada. Miró a ambos lados, y cuando se cercioró de que no venía nadie, procedió a desnudarse.
Su rosada y delicada piel auténtica quedó al descubierto. Ya ni se acordaba de cuándo había sido la última vez que lo había hecho, y se abandonó un poco a sus recuerdos.
Súbitamente, un gran cuervo negro que lo había estado observando desde una de las ramas del viejo árbol se abalanzó sobre él. El pequeño erizo apenas tuvo tiempo de reaccionar y las garras del ave se le clavaron profundamente. Indefenso, intentó zafarse de la presa, pero no era lo suficientemente fuerte.
Dándolo por muerto, el cuervo emitió un graznido de orgullo y volvió a su rama, dejando al pobre animal tirado en el suelo. Y allí permaneció hasta que cayó la noche y el pájaro se quedó dormido.
A duras penas, el erizo se levantó, recogió su armazón y se alejó como pudo del lugar. Una vez se hubo distanciado lo suficiente, procedió a colocarse de nuevo sus espinas, de las cuales no debía haberse desprendido.
Y continuó su camino, herido por fuera, y también por dentro.
Abatido, la vio alejarse por el sendero flanqueado por las primeras nieves caídas. El pequeño erizo se quedó clavado en el sitio hasta que la silueta se perdió en el horizonte, sin mirar ni una vez hacia atrás.
Suspiró y decidió que había llegado la hora de volver a casa, la cual se le antojaba muy lejana. Se puso en marcha a buen ritmo, como queriendo alejarse rápidamente de aquel lugar en cierta forma maldito.
No pasó mucho rato hasta que notó que su propio caparazón le agobiaba como nunca antes lo había hecho. Se concedió un momento de descanso, salió del camino y se sentó a la sombra de un viejo árbol, cuya madera estaba reseca y agrietada. Miró a ambos lados, y cuando se cercioró de que no venía nadie, procedió a desnudarse.
Su rosada y delicada piel auténtica quedó al descubierto. Ya ni se acordaba de cuándo había sido la última vez que lo había hecho, y se abandonó un poco a sus recuerdos.
Súbitamente, un gran cuervo negro que lo había estado observando desde una de las ramas del viejo árbol se abalanzó sobre él. El pequeño erizo apenas tuvo tiempo de reaccionar y las garras del ave se le clavaron profundamente. Indefenso, intentó zafarse de la presa, pero no era lo suficientemente fuerte.
Dándolo por muerto, el cuervo emitió un graznido de orgullo y volvió a su rama, dejando al pobre animal tirado en el suelo. Y allí permaneció hasta que cayó la noche y el pájaro se quedó dormido.
A duras penas, el erizo se levantó, recogió su armazón y se alejó como pudo del lugar. Una vez se hubo distanciado lo suficiente, procedió a colocarse de nuevo sus espinas, de las cuales no debía haberse desprendido.
Y continuó su camino, herido por fuera, y también por dentro.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Maquinaria
Entre el rumor del viento, se escucha palpitar un corazón averiado, que tantas cosas ha soportado, que no sabe muy bien a qué ritmo ha de latir.
Pero ahora tiene un motivo importante, un motivo que a veces le oprime un poco y no sabe muy bien por qué, pero tan grande como para revitalizarlo y hacerle recordar cómo ha de funcionar.
Pero ahora tiene un motivo importante, un motivo que a veces le oprime un poco y no sabe muy bien por qué, pero tan grande como para revitalizarlo y hacerle recordar cómo ha de funcionar.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Proposición sincera II
Y estaré aquí para cuando las fuerzas te fallen.
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