Mostrando entradas con la etiqueta metáfora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta metáfora. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de mayo de 2012

Perdido

Si lees esto, es que has encontrado el mensaje en una botella que lancé hace tiempo.

Confieso que estoy perdido. Perdido en el infinito espacio que hay entre dos palabras. Quizás las dos palabras más difíciles de pronunciar; no me dejan avanzar, y tampoco quiero retroceder.

Pero el término “perdido” no es del todo correcto, porque yo no llegué aquí por méritos propios. Más bien se podría decir que “he caído” en ese pozo oscuro que hay en todo corazón. En esa cara oculta cuya existencia todo el mundo conoce, pero que muy pocos han visto.

El cómo llegué aquí es una cuestión que ni yo mismo puedo resolver. Supongo que tropiezo tras tropiezo. Un día, una de esas baldosas amarillas que indican el camino se quiebra bajo tus pies y no hay nada a lo que aferrarse, mientras el resto se limita a mirar sin hacer nada.

La otra pregunta, más importante, es cómo se sale. Para variar, tampoco tengo una respuesta. Creo que ya he hecho todo lo que está en mi mano, he intentado poner en práctica los mil y un recursos de los que dispongo, mas no ha servido de nada. Parece que es uno de esos problemas que no puede ser resuelto desde dentro por falta de perspectiva.

Pero no quiero que sientas pena; no dejo jamás que la nostalgia se apodere de mí. Esa es una batalla que tienen perdida los “fantasmas”. Tú sabes a lo que me refiero.

En ocasiones suspiro y miro al horizonte, que no puedo discernir entre tanta penumbra. Lo único amargo aquí abajo es la soledad. Sólo mis sentimientos y yo.

A menudo pienso en voz alta, para que no se emboten mis oídos con ecos lejanos, y para que lo que me pasa por la cabeza adquiera la importancia que merece. Pero hasta de esta tranquilidad se cansa uno.

Así que sólo me queda esperar mientras mantengo la mano alzada, confiando en que tú la tomes, me arranques de aquí y me devuelvas a la realidad plantándome un beso en la boca.

martes, 20 de marzo de 2012

Metáfora XIII

Una vez te pregunté qué más podía hacer yo, pues sentía, como tantas otras veces, que el término "nosotros" estaba llegando a su fin. Porque yo, a pesar de todo lo orgulloso que estoy de mi capacidad de raciocinio, puedo sentir ciertas cosas con bastante claridad. Esta era una de ellas.

Tú me contestaste que
los náufragos no construían sus propios faros. Me dejaste con esa cara de estúpido que tanta te gustaba cuando bromeabas conmigo. Pero aquello no era ninguna broma. Aquello era una despedida. Tan definitiva como poética.

Pero yo no lo entendí.

Hasta que no hace mucho, una de esas noches que pasan por mi vida sin pena ni gloria, volvieron tus palabras. Como un eco extraño, difuminado por todo este tiempo. No me llevó más que un instante.

Supongo que no lo leerás, porque nunca te llamó mucho la atención mi faceta de escritor. Y también supongo que mejor tarde que nunca, pero ahora entiendo que quisiste decirme.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Mi invierno particular

"Sabes que escribir es algo necesario para ti cuando ello mismo te ayuda a comprender mejor sobre lo que estás hablando."

Abatido, la vio alejarse por el sendero flanqueado por las primeras nieves caídas. El pequeño erizo se quedó clavado en el sitio hasta que la silueta se perdió en el horizonte, sin mirar ni una vez hacia atrás.

Suspiró y decidió que había llegado la hora de volver a casa, la cual se le antojaba muy lejana. Se puso en marcha a buen ritmo, como queriendo alejarse rápidamente de aquel lugar en cierta forma maldito.

No pasó mucho rato hasta que notó que su propio caparazón le agobiaba como nunca antes lo había hecho. Se concedió un momento de descanso, salió del camino y se sentó a la sombra de un viejo árbol, cuya madera estaba reseca y agrietada. Miró a ambos lados, y cuando se cercioró de que no venía nadie, procedió a desnudarse.
Su rosada y delicada piel auténtica quedó al descubierto. Ya ni se acordaba de cuándo había sido la última vez que lo había hecho, y se abandonó un poco a sus recuerdos.

Súbitamente, un gran cuervo negro que lo había estado observando desde una de las ramas del viejo árbol se abalanzó sobre él. El pequeño erizo apenas tuvo tiempo de reaccionar y las garras del ave se le clavaron profundamente. Indefenso, intentó zafarse de la presa, pero no era lo suficientemente fuerte.

Dándolo por muerto, el cuervo emitió un graznido de orgullo y volvió a su rama, dejando al pobre animal tirado en el suelo. Y allí permaneció hasta que cayó la noche y el pájaro se quedó dormido.

A duras penas, el erizo se levantó, recogió su armazón y se alejó como pudo del lugar. Una vez se hubo distanciado lo suficiente, procedió a colocarse de nuevo sus espinas, de las cuales no debía haberse desprendido.

Y continuó su camino, herido por fuera, y también por dentro.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El hombre de hojalata


Se llevó la mano a la altura de la vista y lo contempló: aquél era perfecto. Con un chasquido, abrió la carcasa de latón que le cubría el pecho y hundió la mano. A continuación, extrajo una pequeña pieza que se contraía de forma irregular.

Sin miramientos, la arrancó y procedíó a colocar el nuevo en su sitio. Una vez hubo comprobado que funcionaba correctamente, cerró de nuevo la carcasa.


Ahora tenía un corazón de verdad, ¿acaso importaba cómo lo hubiera conseguido?

domingo, 28 de agosto de 2011

Una historia de pinchos

- ¡Ay, ay!- Se quejaba una y otra vez el pequeño erizo. - ¡Jo, duele!
- ¡No seas tan llorica! - Le reprendía ella mientras le iba arrancando las púas una a una con maña.

sábado, 9 de julio de 2011

La Isla

La suya era como una pequeña isla al sur del gran océano de la vida, demasiado cercana algunas veces, tan distante otras.

Y esta isla estaba dividida en dos mitades, llamadas “Felicidad” y “Dolor”. Y era azotada cruelmente por los vientos de la melancolía.

Tenía una gran playa, a menudo solitaria, donde rompían las olas una y otra vez con impotencia. Y una cascada de frescura y espontaneidad.

Pero como buena isla turística, mucha gente pasaba por ella, mas pocos se quedaban.

lunes, 10 de enero de 2011

Interior

Tenía el sentimiento revuelto, pero eso no era lo peor. Lo peor era ese desánimo que lo embargaba y que proyectaba una sombra sobre su misma alma, antaño luminosa.

Apañado con cientos de tiritas, tenía un corazón negro y gélido, cuyo latir era como un masticar de cristales.

De sus ojos, menor ni hablemos, pues habían perdido todo su fulgor verdoso y ahora parecían dos oscuros pozos.

Y, así, fue como terminó transformándose poco a poco en una estatua de hielo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010